Twiplomacia, percepción de control y autenticidad diplomática en la era digital

En el escenario contemporáneo, las relaciones internacionales se desarrollan en un entorno profundamente influenciado por lo digital y lo mediático. Las redes sociales, las transmisiones en tiempo real y las plataformas digitales no solo han transformado la forma en que se comunica la diplomacia, sino también cómo se construyen y proyectan las narrativas.

Entre control aparente y construcción mediática

Este reporte plantea la hipótesis de que solo existe una percepción de control narrativo, sin autenticidad de voces diplomáticas, especialmente en situaciones mediáticamente expuestas. A través del análisis de dos casos ocurridos en 2025, la deportación de venezolanos a El Salvador y de migrantes a Suazilandia. Se examinan los discursos públicos, las dinámicas de twiplomacia, y la forma en que las plataformas digitales amplifican voces de agentes diplomáticos.

Se busca, así, identificar los agentes y factores que condicionan las narrativas internacionales, cuestionando si los actores diplomáticos representan un  relato funcional y “auténtico”.

La relaciones internacionales atraviesa una transformación profunda en el ámbito digital y tecnológico. En medio de redes sociales, transmisiones en tiempo real y plataformas digitales, los discursos oficiales se proyectan con fuerza. En esto me cuestiono si, ¿las voces diplomáticas son realmente auténticas en estos medios?, a su vez, ¿las acciones desencadenadas en estos medios tienen control sobre las narrativas globales?

Este reporte plantea la hipótesis de que solo existe una percepción de control narrativo, sin autenticidad de voces diplomáticas. Lo que parece un dominio sobre el relato internacional, en realidad, lo considero una red de influencias que condicionan su forma y su contenido, y los agentes más relevantes pueden ser los mayores influyentes.

Es decir, tanto presidentes como ministros u organismos internacionales, no controlan del todo la narrativa. Su participación está mediada por factores mediáticos, algorítmicos y percepción en la esfera pública.

Además, se duda de la autenticidad de esas voces. Muchas declaraciones responden a estrategias de imagen o posicionamiento, se construyen en esa base y pueden ser comprendidas de esa manera sin complicaciones, pero la autenticidad puede quedar de lado.

Para verificar la hipótesis es necesario analizar cómo se construyen las narrativas en contextos internacionales contemporáneos, con el fin de determinar el control narrativo que proyectan los actores diplomáticos y la autenticidad de sus voces. Se genera un breve estudio de casos recientes en América y África. Así se busca examinar interacciones por “X” de agentes relevantes y contrastarlo con los hechos noticiosos.

Para cumplir con este objetivo debemos identificar factores y agentes influyentes en la configuración de la narrativa de los casos, así mismo con el uso de plataformas digitales. En segundo lugar, se pueden comparar los discursos de ambos casos, poniendo especial atención en el rol que juegan las redes sociales, la sociedad civil y los medios en visibilizar estas miradas.

Los casos en particular se remontan en 2025, cuando Estados Unidos deportó a cientos de venezolanos a El Salvador, donde fueron recluidos en el Centro de Confinamiento del Terrorismo. Venezuela denunció torturas y secuestros institucionales. La narrativa se centró en el conflicto entre gobiernos y las querellas legales entre naciones.

Paralelamente, cinco migrantes fueron deportados desde Estados Unidos a Suazilandia, pese a su mal historial penitenciario. El gobierno local recibió compensación y justificó la medida. Las víctimas quedaron fuera del relato público, bajo los hechos que prioriza la legalidad sobre derechos.

Las relaciones internacionales se relacionan con los entornos digitales que amplifican discursos oficiales, aunque cuestionó su autenticidad. Planteó que el control narrativo es solo aparente y que las voces diplomáticas, especialmente las más visibles, responden más a estrategias mediáticas que a una representación genuina. A través del análisis de dos casos, las mencionadas deportaciones de venezolanos a El Salvador y de migrantes a Suazilandia, se busca contrastar las narrativas institucionales con los hechos concretos y la participación real de las víctimas en el relato internacional.

Caso América: deportación de venezolanos a El Salvador

En marzo de 2025, bajo el gobierno de Donald Trump, Estados Unidos deportó a más de 250 ciudadanos venezolanos hacia El Salvador, amparándose en la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798. A estos migrantes se les vinculó informalmente con bandas criminales como el Tren de Aragua, sin pruebas públicas ni juicios previos. Al llegar a territorio salvadoreño, fueron recluidos en el Cecot, una prisión de máxima seguridad conocida por sus duras condiciones y su fuerte simbolismo en la política de seguridad del presidente Nayib Bukele (The Guardian, 2025).

A los pocos días, comenzaron a circular testimonios sobre torturas, privación de sueño, hacinamiento extremo y desnutrición. Venezuela calificó el proceso como un secuestro institucional y anunció una investigación penal contra funcionarios salvadoreños. El conflicto escaló hasta concretar, en julio, un intercambio de prisioneros (France 24, 2025).

Mientras tanto, la narrativa se construyó casi exclusivamente desde las esferas de poder y los medios, abordando cada hecho noticioso presente. Bukele compartió imágenes en X con los deportados rapados y alineados. Maduro, por su parte, denunció la operación y el trato que habían recibido sus ciudadanos. Las voces de los migrantes afectados, aunque presentes, quedaron desplazadas del relato público central.

Este caso ejemplifica lo que se plantea en la hipótesis, existe solo una percepción de control narrativo, sin que las voces diplomáticas sean genuinas o auténticas. La construcción del discurso fue dominada por los presidentes involucrados, quienes utilizaron los medios digitales para reforzar sus respectivas agendas políticas y simbólicas.

La plataforma X fue el escenario principal de esta diplomacia digital. Bukele proyectó fuerza, justicia y soberanía, al exponer mediante su cuenta la siguiente declaración:

“El régimen de Maduro estaba satisfecho con el acuerdo de intercambio; por eso lo aceptaron.

Ahora gritan y se indignan, pero no porque estén en desacuerdo con el trato, sino porque acaban de darse cuenta de que se quedaron sin rehenes del país más poderoso del mundo.”

Fuente: https://x.com/nayibbukele/status/1947423776515182673 

Maduro denunció violaciones a los derechos humanos, pero dentro de un medio analógico. Ninguno de los dos mostró un interés real por dar espacio a los testimonios de las víctimas, que aparecieron en medios secundarios. Esta twiplomacia, por parte del único líder exponente con red social en X, genera una diplomacia directa y de bajo costo, pero también confrontacional, y deja sobre la mesa un dilema sobre la configuración de la narrativa y el carácter diplomático de sus declaraciones.

El control narrativo, entonces, no fue absoluto, sino condicionado por la confrontación de los líderes, quienes ocuparon diversos tipos de medios para su argumentación. Lo que el público observa son opiniones construidas, reforzadas por imágenes, frases calculadas y estrategias mediáticas. La diplomacia, en este escenario, no buscó representar, sino disputar visibilidad, y el relato mediático se conforma desde los hechos, noticias, declaraciones de presidentes, ministros, afectados y terceros.

Este fenómeno se describe como el relato mediático estancial y la narrativa transmedia: la construcción de una narrativa mediante los medios, enfocada en la experiencia, la característica multimedial, la participación u opinión de las personas, y la diversidad de perspectivas. Son hechos que pueden desarrollarse desde redes sociales o plataformas digitales. La diversidad mediática se expresa en las imágenes y videos publicados por Nayib Bukele, alusivos a una nota televisiva del canal CNN, las declaraciones de Maduro en la televisión venezolana; las declaraciones de los afectados en medios de prensa digital, y la opinión de Bukele desde X, una red social.

Caso África: deportación de migrantes a Suazilandia

En julio de 2025, Estados Unidos deportó a cinco migrantes provenientes de Vietnam, Yemen, Laos, Jamaica y Cuba hacia Suazilandia. La medida se amparó en una resolución de la Corte Suprema de Estados Unidos, que permite enviar personas a países terceros siempre que estos entreguen garantías diplomáticas de no tortura (Jank, 2025).

Pese a las alertas sobre las malas condiciones carcelarias en Suazilandia, la operación se concretó a cambio de una compensación económica (Singh, 2025). El gobierno local declaró que los deportados estaban en tránsito y no representaban una amenaza, mientras que el caso generó poca visibilidad mediática y escasa participación de los afectados en la narrativa pública.

A diferencia del caso americano, este se caracterizó por la ausencia casi total de una narrativa pública disputada. No hubo confrontación entre Estados ni discursos polarizados, lo que primó fue el silencio entre agentes. El control narrativo, en este caso, no fue confrontacional, sino estructural, sin embargo, la cobertura mediática logra darle un vuelco o reflexión al asunto, una relevancia y conformación de hechos y personajes de la narrativa sin que haya sido decidido por los agentes diplomáticos.

La diplomacia, en sí, operó como un acuerdo entre países. Estados Unidos resolvió el “problema” migratorio a través de una solución externalizada, mientras que Suazilandia aceptó a los migrantes a cambio de beneficios económicos y legitimación internacional.

No se ofrecieron declaraciones relevantes desde los propios migrantes, ni hubo una cobertura mediática masiva que permitiera comprender la dimensión humana del traslado.

El control narrativo, en este caso, no solo se ejerce a través de las declaraciones, sino también mediante la ausencia de ellas y la cobertura de prensa. La narrativa diplomática no fue debatida ni puesta en duda, fue asumida como una operación entre dos naciones.

En este escenario, el Departamento de Estado de Estados Unidos y el gobierno de Suazilandia cumplieron con las declaraciones mínimas que justificaron la operación. El gobierno de Suazilandia abordó el tema una única vez desde su cuenta en X, en otro efecto de twiplomacia, esta vez desde una cuenta estatal.

Las declaraciones son:

“El Gobierno ha asegurado a los ciudadanos que la llegada de cinco deportados de terceros países procedentes de los Estados Unidos de América no representa ninguna amenaza para la seguridad de la nación.”

“En una declaración publicada por el portavoz interino del Gobierno, Thabile Mdluli, el Gobierno reveló que estos deportados están en tránsito y serán repatriados a sus respectivos países.”

Fuente: https://x.com/EswatiniGovern1/status/1945482348125978735 

El caso evidencia que la diplomacia puede prescindir del debate, incluso cuando los medios, las plataformas digitales y la opinión pública están presentes. En esta ocasión se percibe un control narrativo sin disputas, y una comunicación tan protocolar que aparenta ser genuinamente estándar y más formal por parte de Suazilandia.

Entre la visibilidad, el control y la pérdida de autenticidad

El análisis de los casos de deportaciones a El Salvador y Suazilandia permite identificar que las narrativas diplomáticas contemporáneas, especialmente en contextos digitales, proyectan una imagen de influencia. En ambos casos, los discursos oficiales fueron construidos desde la Twiplomacia.

En el caso de América, la narrativa se estructuró como una confrontación mediática entre Bukele y Maduro, donde la multimedia jugó un papel protagónico en la construcción narrativa. En contraste, el caso africano estuvo marcado por la operación burocrática, sin disputa visible, pero con un control narrativo cerrado, únicamente influenciado por la cobertura de prensa.

Ambos escenarios reafirma que existe una percepción de control narrativo, y que existen factores complementarios mediados por factores tecnológicos, noticiosos y simbólicos, mientras que la autenticidad de las voces diplomáticas se diluye en narrativas estratégicas. Estas últimas pueden ser vistas como sintéticas antes que auténticas.

Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, estos casos evidencian cómo la globalización y la disrupción digital transforman las formas de comunicar y las lógicas del poder narrativo. Las redes sociales prometen horizontalidad, transparencia y participación, pero también abren la puerta a la infoxicación, propaganda, fake news y manipulación algorítmica. En lugar de garantizar la rendición de cuentas, la diplomacia digital puede convertirse en un espectáculo de influencia, donde lo visible desplaza la verdad o lo esencial.

Por tanto, es urgente repensar el lugar de la ciudadanía global, los medios alternativos y las plataformas digitales como espacios no solo de amplificación, sino de representación real. De lo contrario, el riesgo es que la diplomacia moderna deje de ser diálogo entre naciones para convertirse únicamente en disputa por visibilidad y quién influye más en la verdad.

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