La carrera por la Secretaría General de la ONU se desarrolla en medio de una profunda crisis del orden internacional y con América Latina buscando recuperar protagonismo tras más de tres décadas. En ese escenario, la expresidenta chilena Michelle Bachelet se posiciona como una de las principales cartas para suceder a António Guterres, impulsada por el respaldo regional y su trayectoria en el sistema multilateral.
Por Vicente Ulloa Zárate

La carrera por la Secretaría General de las Naciones Unidas arranca en un escenario de profunda fractura global, marcado por la ineficacia del Consejo de Seguridad para contener los conflictos en Europa Oriental y Medio Oriente. Con el fin del mandato del portugués António Guterres en diciembre de 2026, la ONU se enfrentaun relevo de liderazgo y batalla por su relevancia en un orden internacional multipolar y hostil.
La diplomacia internacional coincide en que el turno le corresponde a alguien externo al continente europeo, bajo una lógica de rotación geográfica. América Latina, es una zona que no ocupa el máximo cargo desde el mandato del peruano Javier Pérez de Cuéllar en 1991 es América; sin embargo, el verdadero pulso se disputa en el derecho a veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, China, Rusia, el Reino Unido y Francia), quienes buscarán un perfil moderado capaz de navegar en la polarización entre Washington y Pekín.
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¿Quiénes son los candidatos al puesto?
Campañas globales impulsadas por Estados miembros y organizaciones civiles argumentan que el criterio de género debe ser prioritario, un factor que ha impulsado las candidaturas oficiales de destacadas líderes ante la Asamblea General. En esta línea destacan la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet, respaldada por su trayectoria en ONU Mujeres y como Alta Comisionada para los Derechos Humanos; la economista costarricense Rebeca Grynspan, actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo; y la diplomática ecuatoriana María Fernanda Espinosa, expresidenta de la Asamblea General de la ONU.
Fuera del bloque de candidaturas ya ratificadas, la diplomacia internacional sigue de cerca a figuras fuertemente posicionadas, como la canciller mexicana Alicia Bárcena y la primera ministra de Barbados, Mia Mottley.
Por otro lado, la carrera incluye cartas masculinas competitivas y opciones de otras latitudes que amenazan con romper el consenso si las grandes potencias activan sus vetos en el Consejo de Seguridad. El principal contendiente latinoamericano es el diplomático argentino Rafael Mariano Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica, cuyo rol de mediador en la crisis nuclear de Ucrania le otorga un enorme peso ante los miembros permanentes del Consejo.
Asimismo, la irrupción del expresidente de Senegal, Macky Sall, nominado formalmente por Burundi, ha introducido el factor de la representación africana en la contienda. Finalmente, la región de Europa del Este podría reavivar sus aspiraciones instalando en el debate a perfiles técnicos de alto rango global, como la búlgara Kristalina Georgieva, actual directora del Fondo Monetario Internacional.
favorita para liderar la ONU: Michelle Bachelet

La postulación de la expresidenta de Chile a la Secretaría General de las Naciones Unidas encarna una de las mayores paradojas de la diplomacia contemporánea, ser una de las figuras con más peso en la carrera global mientras carece del respaldo oficial de su propio país.
Su postulación fue inscrita inicialmente por el Estado chileno, el giro político tras la llegada a la presidencia de José Antonio Kast derivó en una histórica reconsideración, formalizando en marzo el retiro del patrocinio a la exmandataria bajo argumentos de fragmentación regional y el riesgo de un veto en las potencias occidentales. Este desalineamiento, lejos de sepultar la postulación, ha transformado su candidatura en un fenómeno internacional, donde su capital político se mide por su trayectoria institucional en Nueva York y Ginebra que por las dinámicas partidistas de Santiago.
Ante el vacío dejado por Chile, Bachelet encontró un sólido blindaje geopolítico en los dos principales motores económicos y diplomáticos de América Latina, Brasil y México. Bajo el liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum, ambas potencias asumieron el rol de promotores principales, argumentando que el currículum de la chilena, la convierte en la carta idónea para romper el techo de cristal en el organismo.
Esta alianza estratégica mantuvo con vida su postulación de cara a los primeros diálogos interactivos de la Asamblea General en abril, e instaló la tesis de que Bachelet representa un proyecto continental enfocado en la justicia social y el desarrollo multipolar, por encima de los vaivenes políticos locales.
El despliegue internacional de la expresidenta ha seguido sumando tracción en la región, consolidando un fuerte eje de apoyo en el bloque progresista sudamericano tras el reciente y explícito respaldo de Colombia. Tras un encuentro en Bogotá, el presidente Gustavo Petro oficializó su apoyo a Bachelet, sumando la voz de Colombia a la campaña diplomática que la exmandataria lidera activamente por el continente para afianzar votos clave.
Este espaldarazo resulta crucial en su estrategia de legitimación de cara a las votaciones definitivas del Consejo de Seguridad a mediados de año, proyectando una imagen de consenso regional que busca contrarrestar las dudas sobre su viabilidad y convencer a los miembros permanentes de que su liderazgo cuenta con el músculo político de las principales capitales de América Latina.
el costo diplomático de una decisión ideológica
La decisión del gobierno del presidente José Antonio Kast de retirar el patrocinio a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU marca un punto de inflexión riesgoso en la tradicional política exterior de Chile. Históricamente, la diplomacia chilena se ha construido sobre los pilares de la neutralidad activa, el pragmatismo y un apego irrestricto al derecho internacional; principios fundamentales para un país de mediano tamaño que, careciendo de un poder militar, económico y político hegemónico, ha sabido ganar un respeto transversal en los foros multilaterales precisamente por su previsibilidad y consistencia.
Al romper el consenso de Estado que tradicionalmente blindaba las postulaciones de figuras nacionales a cargos internacionales, desde Santiago no solo abdica una cuota de influencia en el tablero global, sino que expone ante la comunidad internacional una preocupante vulnerabilidad. La subordinación de la alta política exterior a las pasiones y cálculos de la agenda doméstica.
Desde una perspectiva personal, la postura adoptada por el presidente Kast denota una falta de valor que desestima la verdadera capacidad e influencia diplomática que Chile ha edificado durante décadas. El repliegue del Ejecutivo, justificado bajo el supuesto temor a que las posturas de la exmandataria provocaran el veto de las potencias occidentales o tensionaran las relaciones con socios estratégicos que comulgan con el signo político oficialista, es resultado de un análisis temeroso.
Chile tenía ante sí la oportunidad histórica de liderar y representar las aspiraciones de toda América Latina ante el mundo, ascendiendo como un puente confiable en un orden global dividido. El apoyo a una figura de calidad como lo es Michelle Bachelet debió haber sido un compromiso transversal y sostenido en el tiempo. Después de todo, se trata de una agente con una capacidad de gobernabilidad y una experiencia en el sistema multilateral que hoy, paradójicamente, parecen escasear en el propio palacio de La Moneda.
El temor del oficialismo a un sesgo ideológico en una eventual gestión de Bachelet ignora la propia naturaleza del diseño institucional de las Naciones Unidas y las realidades del nuevo orden multipolar. Un liderazgo chileno en el máximo cargo de la ONU no habría significado una exportación de agendas partidistas, sino la oportunidad de implementar un cambio de paradigma urgente en el organismo.
Es decir, podemos inyectar en el corazón del sistema global la misma doctrina que hizo exitosa a la diplomacia de nuestro país. Como secretaria general, Bachelet puede funcionar como eje y respaldo de bloques diversos para hacer que las Naciones Unidas actúen de manera consecuente, despojando la toma de decisiones de las trincheras ideológicas, cambiando al derecho internacional y al bien común.
Lejos de ser un peligro, la postulación de la exmandataria era la vía para que el sello chileno de la diplomacia y la solución pacífica de controversias guiara el rumbo de una gobernanza global en crisis.
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